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Sábado 25 de Noviembre de 2017

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Lisa Block de Behar: «El Paraíso es una suerte de biblioteca»

Lisa Block de Behar. Foto: Daniel Behar.La ex directora de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de la República (Udelar), Lisa Block de Behar, quería estudiar medicina o enfermería, pero igual que su única hermana se dedicó a la enseñanza del idioma español «tratando de hacer lo que ella no llegó a realizar». El 31 de octubre la Udelar le confirió el título de Doctor Honoris Causa. La ceremonia de entrega aún no tiene fecha, pero será en los primeros meses de 2018.

Docente de Análisis de la Comunicación y catedrática de Semiótica y Teoría de la interpretación en la Udelar, Block de Behar también dio clases de Teoría literaria y de Lingüística en el Instituto de Profesores Artigas (IPA) donde realizó su formación de grado. Se doctoró en Lingüística en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, allí defendió su tesis Une rhétorique du silence, en la que entrecruza nociones de esa disciplina con principios de hermenéutica, de análisis literario y de otras formas artísticas. Traducida y abreviada, fue inmediata su publicación en México en 1984 donde obtuvo el Premio al ensayo literario Xavier Villaurrutia.

A los 80 años, en plena actividad intelectual, Block de Behar sabe que no se adaptará a la ausencia de su esposo por 60 años, Isaac Behar, que falleció en abril. Le interesa seguir escuchando la música que ha sido universal desde siempre, las expresiones del folklore nacional tradicional así como sus variantes más actuales, las formas clásicas de la música urbana, las más conocidas y poéticas, las más recientes, no tanto las formas de música nueva y experimental: «Tengo curiosidad por esas manifestaciones musicales, pero por ahora es una curiosidad, no mucho más. Interesan, en efecto, pero deberé hacerme el oído a sus particularidades; las escucho pero aún no las entiendo, aunque me consta que entender (entendre, en francés, en este caso, no es más que escuchar ya que no aludo, a propósito, a una comprensión intelectual)».

¿En qué barrio de Montevideo nació?
Nací en el Hospital Pereira Rossell. Cuando niña, y hasta los diecisiete años, viví en una casa en Bulevar Artigas y Millán, vecina de quintas con verjas vencidas y oxidadas, en medio de un paisaje apacible y misterioso a la vez. Las casas apenas se veían, entre frutales, cipreses, y alguna araucaria. Recuerdo los cercos cubiertos de campanillas azules entretejidas con profusas madreselvas. Las veredas muy amplias, bordeadas de palmeras enanas entonces, gigantescas, irreconocibles ahora. La escuela Rodó no quedaba cerca y, sin embargo, volvíamos caminando, con un par de compañeras de clase, con mamá, con Paloma, aunque no me pesaba volver sola. Raquel, Anita, Sara, las mellizas María Teresa, María del Carmen. Con algunas de ellas compartíamos las clases y a pesar de que nos veíamos a diario, manteníamos una asidua y puntual correspondencia. La aventura de ir al correo, comprar sellos, depositar en el buzón los sobres –casi siempre forrados-, esperar al cartero. De los compañeros de clase, recuerdo las ocurrencias geniales de Sclavo, a quien no conocíamos por Cuque, sino por Jorge Omar. Los sábados nos encontrábamos en las matinés del cine Mundial. En los intervalos corríamos hasta la panadería y confitería La Llave; volvíamos de apuro a la función con los bizcochos todavía calentitos y crujientes, deliciosos.
Cuando Paloma se casó, quisimos estar cerca de ella. No fue por casualidad que papá encontró un apartamento en el mismo edificio, en Lauro Müller y Eduardo Acevedo, a una cuadra de donde se encuentra ahora el espléndido edificio de nuestra Facultad. Allí viví hasta los 20 años cuando Isaac y yo nos casamos.

¿Solo tuvo esa hermana?
Solo Paloma, más que mi hermana. Era seis años mayor y falleció muy joven. Fue una eminente profesora de idioma español, autora de un libro de texto de secundaria. Por seguir sus pasos, por seguir cerca de ella, también me orienté hacia el profesorado de Español, tratando de imitarla y esforzándome por alcanzar lo que su ausencia no le permitió realizar. Preparar con ella los exámenes que exigía el ingreso al IPA fue una fiesta constante.

¿Cómo se conocieron con su esposo?
Aunque Isaac no lo sabía, yo lo conocía de vista desde muy chica y desde entonces pensé que solo podría casarme con él, y así fue. Nos encontramos en una conferencia notable que Emir Rodríguez Monegal dio sobre Borges en Kadimah, el club de estudiantes universitarios judíos. La concurrencia era numerosa; apenas si logré sentarme en la punta al final de la sala, al lado de Paloma. En el pasillo, inesperado, estaba Isaac. Cuando terminó la conferencia, intercambiamos algunos comentarios con la mayor naturalidad, le avisé a Paloma que ese joven me acompañaría hasta la parada. Si bien Isaac vivía en Libertad y 21 de Setiembre, tomamos juntos el 147 y de allí seguimos hasta mi casa. Ya nunca nos separamos.

Fue un flechazo.
Cuando Emir volvió a Montevideo para participar en el Seminario sobre la “Desconstrucción, otro descubrimiento de América” en noviembre de 1985, ya muy enfermo, vivió en casa con Selma, su compañera. Nos decía: «Your marriage was made in Heaven». Sí, claro, en su conferencia.

¿Cuándo se casaron?
En 1957. Antes Isaac había viajado a Europa con los compañeros de la Facultad de Química. Se apartó unos días del grupo para ir a Estambul a visitar a parte de su familia, y a Israel.

¿Cuándo tomó conciencia de su vocación?
Una vocación adoptada. Me complacía la influencia de Paloma, que supo transmitirme el entusiasmo por la enseñanza, por el estudio placentero de nuestra lengua. Pero no descarto la influencia de nuestros padres que incidió en ambas. La poesía y el lenguaje cotidiano, las palabras comparadas, su sentido, eran motivo de reflexiones y conversaciones animadas. Papá hablaba en alemán y en perfecto español, mejor que el nuestro. Mamá en alemán con papá y en un suave y armonioso yiddish. Todavía no sé cuál es mi lengua materna. Pero las noticias de la Guerra fueron el escenario de todo lo que ocurría en casa. Las noticias de Polonia, de donde venía mamá, eran aterradoras y se musitaban apenas. Sin embargo, los judíos alemanes y austríacos, que pudieron refugiarse en nuestro país, eran una presencia constante en casa. Querían aprender español y en ese esfuerzo participábamos todos. Íbamos con ellos a la confitería de Herr Krako, un ambiente alpino, en Lezica, del que recuerdo los troncos ahumados, el verde húmedo y profundo, las tortas de chocolate desbordantes de chantillí, escenas que ahora se confunden con las del parador de Cabaret, la película de Bob Fosse. Comentarios de Europa, de la guerra; parecían proceder de films más que de los trágicos acontecimientos tan alejados de la paz solariega del lugar o de las agradables reuniones en lo de Idstein und Selig, el restorán en la calle Cololó, en Pocitos.

A instancias de Paloma y de Isaac me presenté a los exámenes de ingreso del IPA que, por entonces, solo admitía diez estudiantes por año en cada asignatura. Además de las exigencias, que eran extremas: exámenes de Lingüística, de Literatura Latinoamericana y nacional; pruebas de idiomas. Fueron cuatro años muy intensos y muy felices. Terminábamos las clases pasadas las 21hs. Isaac me iba a buscar a Sarandí 420; esperaba en el rellano de una majestuosa escalera de mármol, las puertas enormes, sólidas, hermosas. Las clases eran tan estimulantes como interminables los comentarios. Profesores excepcionales, compañeros igual, el ambiente austero y alegre a la vez. Creo que no volví a encontrar nada en el mundo que se pareciera a aquel IPA. En mi generación éramos pocos estudiantes, y creo que somos menos los que sobrevivimos para recordar aquellos años de los que conservo el mejor recuerdo, a pesar del sacrificio de jornadas de trabajo en una oficina en el Centro, previas a las clases, de atravesar la Plaza Independencia, de correr y recorrer unas cuantas cuadras para llegar en hora, de comer algo, apenas, y a las apuradas.

¿Y después del egreso?
Cuando terminé el IPA me presenté a un llamado de adscripción en el liceo D. A. Larrañaga, dirigido por el Arqto. Julio César Sales, exigente, estricto con los docentes, los adscriptos, los estudiantes, consigo mismo. Severo, sabio y sobrio, supo imponer una disciplina impartida con tan convencida dedicación que no podías no aplicarla con entusiasmo. Me pesó renunciar. Había concursado y correspondía que me hiciera cargo de las clases de Idioma español que me asignaron.

¿Continuó en el liceo Larrañaga?
No. Pasé al Liceo Rodó. Poco después tuve el privilegio de participar en la reforma, en el 6º. año del Plan Piloto, a fines de los 60. Una experiencia valiosa, donde atendí Expresión y Comunicación Oral y Escrita, una asignatura nueva, estimulante. Siempre con Isaac. Daniel y Gabriel eran chicos, y ambos nos dedicábamos por igual a atenderlos. Compartíamos las actividades que requería la casa. Íbamos muy a menudo a Cine Club, en ómnibus, porque vivíamos en Rivera y Soca, bastante lejos de la Plaza Matriz o, si no, estudiábamos juntos, hasta altas horas de la noche, después que los chicos se dormían. Isaac hacía compatibles sus temas con los míos como si fueran propios. Fue un período muy lindo. Hacia principios de 1966, Isaac fue becado a Francia para investigar sobre la lucha contra la corrosión de los materiales y la forma de protegerlos sin dañar las condiciones ambientales. Se especializó en pinturas marinas, de modo que logró hacer coincidir su pasión por la costa con la protección del mar y de las embarcaciones. Íbamos a Maldonado, donde realizaba sus experimentos. Después le hicieron una segunda invitación para ir a Francia, desde diciembre de 1972 hasta marzo de 1973, y ahí fuimos los cuatro, con Daniel y Gabriel.

Para entonces ya había publicado «Análisis de un lenguaje en crisis».
Así es. En esa época se dio un desarrollo notable de la lingüística, de la teoría literaria, la teoría del cine, los avances de la semiología, la invención de categorías, de entidades, definición de nociones, disciplinas y subdisciplinas, taxonomías precisas, claras, que se conciliaban con la belleza de escrituras valiosas. Una explosión de conocimientos que me apasionaban concentrada en unas pocas cuadras de París. Los periódicos anunciaban listas de libros y reseñas inabarcables; las vidrieras y mesas de las librerías amontonaban títulos fascinantes y colecciones cada vez más atractivas. El consejero de la embajada de Francia había concertado una entrevista con Roland Barthes. Me fui hasta el 6, rue de Tournon. Barthes, una de las figuras más relevantes de esas efervescencias literarias, pero no hablaba ni leía español. No lo decía como quien confiesa una carencia: parecía orgulloso de desconocer nuestra lengua. No fue por eso que no me interesaron los temas que mencionaba y que referían a variaciones autobiográficas con una aparente prescindencia de otras cosas. De cualquier modo complacía hablar con él, un encanto de persona, de una amabilidad aplomada y gracia serena, pero sospeché que no sabría coincidir con sus planteos. A la semana siguiente fui a hablar con Gérard Genette. Conocía sus obras; sus métodos y teorías eran demasiado aplicados por mis estudiantes del IPA. Le interesó la investigación que le propuse y, sin duda, influida por sus lecturas, mi planteo se aproximaba a lo que también a él le importaba entonces: las distintas formas poéticas que cuestionan la arbitrariedad del signo lingüístico y la relación de su motivación con el origen de la palabra. (No digo signo porque era necesario refutar algunas nociones de Saussure que todavía prevalecían). Volví feliz. Regresamos el 30 de marzo de 1973; aturdí a Paloma con los cuentos. Fue entonces que nos enteramos que debía internarse al otro día. Si bien nos comunicábamos en permanencia no había querido adelantar nada. Le escribí a Gérard Genette agradeciéndole su hospitalidad institucional, personal e intelectual, explicándole que por razones personales y familiares adversas y, además, por las dramáticas circunstancias políticas de mi país, no podría continuar con el proyecto. Me veía obligada a postergarlo. Paloma falleció en 1976 y en esos últimos años no me aparté de su lado. Leíamos y comentábamos las lecturas. La enfermedad avanzaba pero como si no existiera.

¿Cuándo retomó el proyecto?
Fue en 1981-1982. Viajamos a la Universidad de Konstanz, para interiorizarme de la estética de la recepción y adelantar una investigación que terminó objetándola. Desde allí le volví a escribir a Genette resumiendo mis nuevos planteos. Primero pasamos por Florencia, donde di un par de conferencias invitada por Roberto Paoli y Oreste Macrì. De ahí seguimos a París. Se sabía lo que estaba pasando durante esos años en Uruguay. Quedó definida y aceptada una retórica del silencio, que analizaba el silencio que hace el lector cuando lee, un silencio que no ocultaba otros, personales, nacionales, históricos. Me preguntas por qué no publiqué durante esos años. Era un período de silencio y a ese silencio aludía. Además, esos tiempos desafortunados prolongaban tragedias muy anteriores. Aprobada la tesis, Arnaldo Orfila Reynal, fundador de Siglo XXI, la publicó enseguida. Muy contento, me llamó en diciembre de 1984 para anunciarme el premio que, según dijo, se otorgaba por primera vez a la editorial Siglo XXI.

¿Y cuándo se relacionó con la Universidad de la República?
Entre 1984 y 1985 era profesora visitante en la Universidad de Pisa. El profesor Alessandro Martinengo me había ofrecido la posibilidad de quedarme en la ciudad para fundar y atender una cátedra de Teoría Literaria. Me interesó mucho el planteo pero más nos interesó volver a Montevideo. Daniel estaba estudiando en el Technion de Haifa, en Israel. Gabriel estaba en casa y, enterado del interés de un estudiante de Ciencias de la Comunicación, en que me presentara a un concurso de Semiótica, me llamó y presentó mis papeles en la Facultad de Derecho, donde se había fundado esa carrera. Me avisaron del nombramiento grado 5 y el entusiasmo por volver fue muy fuerte.

¿Cómo fue el proceso por el que se la designó Profesora Titular?
No me pareció el mejor y por eso no acepté. Me llamó Alberto Pérez Pérez, de la Facultad de Derecho y, más que preguntarme me interpeló: «¿Usted no pretenderá que venga Umberto Eco a nombrarla?». No, claro, no, solo pretendía que fueran personas que conocieran la Universidad y la disciplina. Al rato me volvió a llamar para informarme que el tribunal estaría integrado por Mario Otero, Adolfo Gelsi Bidart y él mismo. Así ingresé, en junio de 1985.

El hecho de que hasta entonces la Udelar no contara con una carrera de comunicación ¿indica cierto rezago?
No creo, no eran muchas las universidades que a esa altura hubieran formalizado la comunicación no tanto como ciencia, como estudio más bien. Su institucionalización no contaba con antecedentes tradicionales, tampoco en el mundo. Cuando empecé a dar clases de Semiótica procuré alguna bibliografía en español, pero no había. Les pedí a los estudiantes que hicieran el esfuerzo de leer en otras lenguas. Poco después uno de ellos vino con la buena noticia de que había visto una vidriera con numerosos libros de Semiología. Tenía razón, pero se refería a la librería que está a la entrada del Hospital de Clínicas, donde se ofrecían libros de Semiología, es cierto, de una disciplina médica.

En 1999, para conmemorar los 150 años de la Udelar, usted promovió la llegada de Hans-Ulrich Gumbrecht, Gianni Vattimo, Tomás Eloy Martínez y Michel Serres.
Así es. Aún antes, a partir de 1985, hice lo posible para que nos visitaran profesores realmente valiosos que había conocido trabajando en otros países. Todos aceptaron encantados. Vinieron a Montevideo y a Salto, donde me vinculé gracias a la intermediación de nuestro querido amigo Carlos Pellegrino, con Isidra Solari. Fundamos el Centro Internacional Cultural de Salto, porque no todas las iniciativas debieran tener lugar en Montevideo. En 1985, argumentando el restablecimiento de la democracia, vinieron Jacques Derrida, Gérard Genette, Haroldo de Campos, Emir Rodríguez Monegal, Geoffrey Hartman, Hillis Miller y otros, todos a cargo de sus respectivas embajadas y, sobre todo, de la Comisión Fulbright.

¿Cuánto afectan las nuevas tecnologías a la comunicación?
Como toda técnica puede usarse para los mejores propósitos y también para los otros. En el «Fedro o de la belleza», Platón cuenta un mito que ilustra sobre las ambivalencias de la técnica. Thot (o Hermes), el dios de la comunicación, inventor también de los números, el cálculo, la geometría, la astronomía, «así como los juegos del ajedrez, de los dados y, en fin, la escritura», le propone a Tamuz, el monarca de Egipto, una invención que evitaría la fugacidad de los conocimientos y las distracciones o desfallecimientos de la memoria. La escritura sería el remedio que haría perdurar la sabiduría y curaría la memoria de sus males. Pero sus argumentos no convencen al rey. Si bien ese remedio impediría la desaparición de la palabra, la convertiría en materia y temía que la fijara distorsionando el sentido inicial, alterándolo, falseándolo. Sería un farmakon, un remedio pero también un veneno. La escritura, la primera técnica de la comunicación, como cualquier otra representación, es para Sócrates una copia, un simulacro que pasa por verdad cuando es solo una apariencia, un engaño. Las tecnologías que ha(n) desarrollado la comunicación, las más perfectas, protegen y amenazan. Hoy en día la multiplicación creciente de las técnicas de comunicación incurre en esa contradicción (no solo en esa). Son un prodigio, sin duda, pero se entrevé y presiente más de un riesgo. La computadora, el celular permiten el acceso a las bibliotecas más vastas del mundo. Ya no es solo la comodidad del libro de bolsillo, es la biblioteca de bolsillo, al pie de la letra. Tal es la maravilla que no debería aceptarse con naturalidad, como un hecho más, sino como un portento que debería seguir asombrando. El prodigio, por cotidiano, no deja de serlo. Ese sueño continuo, tan real como la vigilia, habilita un estatuto paradojal, o varios: ¿acaso los mayores desplazamientos no se realizan en la mayor inmovilidad? Es un sueño volver a ver los films, repetir los pasajes que preferimos, repetir las mismas composiciones, una fiesta común, quieta y doméstica. Mi padre, que era melómano, estudiaba de memoria el programa del SODRE, que llegaba por correo: un programa mensual, rudimentariamente impreso pero puntual y preciso. ¿Quién habría imaginado disfrutar de las óperas en casa mejor que en las mejores salas? Un privilegio de uno y de todos. «Sea realista, pida lo imposible» era una de las consignas del Mayo francés, que pretendía burlar la lógica. La imposibilidad de esa ocurrencia se volvió un milagro laico, diario y real, un realismo a ultranza con que la informática nos ampara. Pero ¿qué hacer con el acoso de decenas de mails diarios? ¿Cómo atenderlos? ¿Habrá que dejar de lado óperas, conciertos, conferencias? Son demasiado extraños también los vínculos de amistad que se crean en las redes. ¿Decenas de amigos? ¿Habría que darle una vez más la razón a Aristóteles?

No pregunté cuántos nietos tiene.
Cuatro muchachos y tres chicas, hijos de Laura y Daniel, de Cristina y Gabriel. Si consideramos naturales a los hijos, los nietos son sobrenaturales. Nos reuníamos con Isaac, con los que estaban cerca…

¿A qué se dedican sus hijos?
Son ingenieros y se dedican a la industria. Los dos tienen, igual que Isaac, una gran inclinación hacia lo artístico, conciliando intereses de la ciencia y de la cultura. La fotografía que, para Daniel, no es ajena a otras artes ni excluyente. Gabriel, la música, la ópera, el cine, la literatura. A diferencia de Isaac, que estudió y se recibió en la Facultad de Química, los dos estudiaron en el Instituto Tecnológico de Haifa. Hoy le contaba a uno de mis nietos que ese instituto fue inaugurado en 1924, mucho antes de la fundación del Estado de Israel, así como la Universidad Hebrea de Jerusalén fue fundada en 1919. Semejante al proceso fundacional de la Universidad de la República, que se llamó en un principio “Casa de Estudios”, y que se inició muy poco tiempo después de la fundación de la República. Es muy significativo ese precoz interés por la creación de instituciones dedicadas al conocimiento, que anticipan o coinciden con la creación de la República.

¿Está trabajando en alguna publicación?
Sí, en dos libros, uno se publicará en Alemania y otro en Francia. Reúnen investigaciones de varios autores que continúan trabajando sobre Louis-Auguste Blanqui, un revolucionario francés, un conspirador temido por la monarquía, la burguesía, la iglesia, la masonería, por Marx, autor de un librito, publicado en 1872, que sigue deparando sorpresas. Muy de su época, formula una hipótesis astronómica según la cual radica la eternidad no asociada al tiempo sino al espacio, una eternidad que se vale de copias, réplicas, sosias, reproducciones, simulacros, anticipando una actualidad que, una vez más, da la razón a la ficción. Son temas estrechamente ligados al estudio de la comunicación de hoy y de los días por venir. Pero te menciono este tema porque me hablaste de publicaciones. Son muchos otros los temas que me ocupan, demasiados. La semana próxima debo viajar a Buenos Aires para integrar el jurado de un concurso en la UBA para proveer un cargo en «Introducción al lenguaje de las artes combinadas», una materia que me parece interesantísima y que de alguna manera atendemos en clase. Pero más que las publicaciones, coloquios, conferencias y demás actividades, son los cursos, los estudiantes los que tienen la prioridad absoluta. Siempre fue así y no creo que esté demasiado equivocada.

¿Lee?
Preferiría leer mucho más, pero me temo que escribo más de lo que debo, y me pesa. Esperemos que la eternidad en el Paraíso nos depare el espacio, si no el tiempo, para leer. Tal vez ya sabes que, según los judíos, el Paraíso no se diferencia de una biblioteca. Según las interpretaciones de las Escrituras, el pardés (que le da nombre) es un jardín, un huerto, pero también un acrónimo que se forma del nombre de las varias lecturas que requiere el texto sagrado. Cada una de ellas recibe un nombre cuya letra inicial forma ese acrónimo que designa un jardín, una lectura plural, el Paraíso. Puede que también sea una ficción pero prefiero aceptarlo como una creencia. En «Poema de los dones», un poema de Borges muy conocido, escribe «Yo, que me figuraba el Paraíso/ bajo la especie de una biblioteca”. Conocía muy bien la Cábala y sin duda conocía el futuro de esa antigua metáfora.

¿Quiere decir que todos nos encontraremos algún día en esa biblioteca?
Leyendo, con música y con la esperanza de que lleguemos a entender.
Publicado el martes 14 de noviembre de 2017

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