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Miércoles 22 de Noviembre de 2017

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Néstor García Canclini, un certificador de utopías

Decana de la FIC, Gladys Ceretta, García Canclini y la doctora Rosalía Winocur. Foto: Richard Paiva-UCUR. 08/05/2017 Varios factores pueden explicar la afluencia masiva a la conferencia que brindó el antropólogo argentino Néstor García Canclini este lunes 8 de mayo en el Aula Magna de la Facultad de Información y Comunicación. Por un lado y antes que todo, el prestigio que acompaña desde hace décadas a este cientista social como investigador de las culturas contemporáneas y sus desigualdades intrínsecas y comparadas, que es lo mismo que decir que sus trabajos colaboran a que podamos entender nuestra cotidianidad cuando a veces nosotros mismos nos vemos en aprietos para describir lo que nos está sucediendo en un mundo que está en tránsito hacia otros modos de ser y estar en él. Al mismo tiempo el título de la conferencia, ¿Emanciparse en redes vigiladas? La vida social de las comunicaciones, prometía el abordaje de un tema sensible para individuos y comunidades desde un perspectiva crítica, en un acercamiento a lo que pasa en la relación entre sujetos e individuos autónomos cuando las comunicaciones están mediadas tecnológicamente. Por último, la novedad del edificio recientemente inaugurado funcionó como una atracción agregada para los egresados que aún no lo habían visitado.

La apertura estuvo a cargo de la decana de la FIC Gladys Ceretta, y la presentación del conferencista y moderación, en manos de la docente de la FIC Rosalía Winocur, quien realizó su tesis doctoral en México bajo la tutoría de Néstor García Canclini. En el cierre de la conferencia, el rector de la Udelar, Roberto Markarian, tuvo palabras de agradecimiento para el antropólogo por su disertación, y de felicitaciones para la Facultad por la iniciativa de organizar el evento.

Los modos de maquinar de Néstor
«Un estudioso de la alteridad, un crítico de la desigualdad, un amante de las paradojas, un certificador de utopías en los manifiestos que lo invocan.» Así se aproximó Winocur a la difícil definición de quién es Néstor García Canclini, al tiempo que hizo una breve reflexión sobre lo que llamó sus «modos de maquinar intelectualmente». Propuso que ante la dificultad para encasillarlo en algún campo de las ciencias sociales, lo mejor es atender a que «su obra atraviesa los territorios de la filosofía, la estética, la semiótica, la comunicación, la sociología, la antropología, el arte y la literatura. Más bien me atrevo a decir que Néstor es un teórico de la cultura contemporánea, un trashumante entre las diversas disciplinas de las ciencias sociales.»

García Canclini centró su conferencia en temas de actualidad sobre la vida social de las comunicaciones que consideró desafiantes, algunos nuevos y otros sobre los que se ha investigado y escrito mucho, pero que no pueden ser abordados hoy de la misma manera que hace 20 años.
Se preguntó qué es emanciparse —de la familia, del trabajo— en una sociedad digitalizada, intensamente interconectada. «¿Podemos ser individuos cada vez más autónomos, en el sentido moderno que la emancipación construyó en los últimos dos o tres siglos, en este escenario tan interconectado, tan complejo, donde espiamos y nos espían, donde se disputa lo público y lo privado, con fronteras mucho menos rígidas y claras que en otros tiempos? Antes, ser público implicaba modos diversos, no pasivos, de relacionarnos con los contenidos culturales, maneras diferentes de interpretarlos y de usarlos luego, en nuestra vida cotidiana. Pero esa interactividad estaba limitada por las decisiones que tomaban los proveedores de información y de entretenimiento», distinguió. En ese marco recordó que a principios de lo años 90, su atracción por las situaciones ligadas al consumo cultural lo motivó a incitar a un grupo de investigadores a plasmar en una publicación colectiva sus trabajos sobre el consumo cultural en México. El resultado fue el libro Consumidores y ciudadanos (1995).

El consumo sirve para pensar
Planteó que los «desfases entre generaciones de consumidores y usuarios de las redes no constituyen solo una diferencia comunicacional y de acceso a los bienes económicos y simbólicos. Forman parte, como sabemos, de una reconfiguración social en la que están volviéndose obsoletos modos anteriores de organizar las ciudadanía», y se preguntó qué nuevas formas de ciudadanía hacen posible esas maneras distintas de leer estos usos (por proyectos) de las tecnologías recientes.
Recordó lo que hace más de 20 años decía en «El consumo sirve para pensar»: El acceso (al consumo) en el que coexisten formas antiguas de consumo con interacciones virtuales, también sirve para abrir las redes de una densa y conflictiva interculturalidad. Al acceder a los bienes a través de las redes expandimos nuestro horizonte de apropiación hacia otras sociedades y hacia los diferentes de nuestra propia sociedad. La coexistencia cercana en nuestras culturas acentúa, como leemos todos los días en los periódicos y vemos en la televisión, las contradicciones nacionales y transnacionales. Cuando decíamos hace tiempo que el consumo sirve para pensar, para discernir y distinguirnos de otros, apuntábamos el potencial de los actos de consumir para crear ciudadanía, para convivir, tratando de demostrar que muchas preguntas propias de los ciudadanos: adónde pertenezco y qué derechos me da (esa pertenencia), cómo puedo informarme y quién representa mis intereses, se contestaban más en el consumo privado de bienes y de medios masivos que en las reglas abstractas de la democracia, o en la participación colectiva en partidos y sindicatos ya desacreditados.»

La economía del compartir
«El consumo no es solo, como decía Bourdieu, una escena de distinción simbólica; o como ha dicho el psicoanálisis, una realización sustitutiva de deseos frustrados. El consumo potenciado por el acceso aparece como lugar de emancipación de quienes no pueden o no quieren volver a comprar lo que se rompió.»
Señaló que este tipo de consumidores se reúnen en grupos en algunos países para arreglar o hacer los propios bienes, o cultivar sus propios alimentos, y en movimientos de hacedores (movimiento maker), que «comparten sus planos digitales en comunidades online. Lo hacen con código abierto para que cualquiera pueda apropiárselos. Algunos tratan de alcanzar mayor autonomía del abastecimiento industrializado y transnacional, no solo cambiando el modo de producir y de reparar, sino compartiendo los bienes con más racionalidad.» Destacó que las cooperativas de consumidores, de larga historia, expanden hoy a través de internet la economía solidaria, y que también, entre otros, «se busca compartir contenidos informativos y de entretenimiento».
Llegado a este punto, Canclini se interroga acerca de si es posible compartir todo, y responde que «los estudios indican que la predisposición depende de lo que se vaya a compartir: el umbral de inhibición es muy bajo cuando se trata de cosas inmateriales, como experiencias, consejos útiles, o mp3. Igual de abierta se muestra la gente con sus herramientas, electrodomésticos de cocina o casa de veraneo, porque no son cosas que uno necesita de manera permanente. Pero cuanto más impregnado está un objeto de su dueño, cuanto más recuerdos y emociones se relacionan con él, (...) compartirlo se torna menos atractivo. En la medida en que esta lógica comunitaria se desarrolla, cambia la idea del consumo como posesión individual, y se ve como oportunidad de contacto social.»

Quedan preguntas
¿Qué capacidad de expansión, qué renovación de las estructuras sociales tiene la economía del compartir? se preguntó García Canclini, y llamó la atención sobre «un fenómeno que todos estamos viendo: que el acceso libre a contenidos culturales genera apropiaciones por parte de empresas que comercializan y al final restringen público y culturas. Las iniciativas de compartir el coche o los alojamientos derivaron en la formación de corporaciones transnacionales que los explotan, como Uber y Airbnb.» Afirmó que, como ya se ha dicho, controlar esta desviación depende de que la gente se organice para autogestionarse, y que el Estado regule la gestión de lo común y no permita que los Big Data y los algoritmos se apoderen de las iniciativas cívicas.

Votos y redes
Alertando que entraba en una zona resbalosa, Canclini propició un nuevo espacio de preguntas:
¿Cómo se relacionan las viejas instituciones, los modos de convivir en el pasado, con las nuevas vías de participación? ¿Qué impacto tiene el aumento del acceso a la información y el uso de redes en la crítica social, sobre la corrupción política y económica, el desempleo y la precariedad de los jóvenes, o el agravamiento de la inseguridad?

Las respuestas fueron planteadas por Canclini como «algo que estamos pensando algunos sobre estos momentos en que los partidos y votos importan cada vez menos, y los cambios, dicen otros, solo se lograrían a través de las redes. Sabemos, por el trabajo de investigación, que hay mucho más en juego que la opción entre votos y redes. En la descomposición actual de las democracias latinoamericanas participan los políticos que traicionan los programas por los que fueron votados, los empresarios y mafias que los compran, las masas que siguen eligiendo a gobernantes corruptos y desautorizan los imaginarios de la sociología política sobre la sabiduría del pueblo y las oscilaciones.

¿Somos capaces de construir mundos alternativos? ¿O nos los están expropiando constantemente?
Internet trajo la promesa de una comunicación horizontal, pero los gobiernos latinoamericanos siguen ausentes en los debates de los organismos internacionales de decisión y gestión sobre propiedad intelectual y derechos de las audiencias. Al retirarse los Estados de la regulación de las comunicaciones, se pierde el sentido de lo público, y el acceso y uso de los contenidos queda en manos de corporaciones transnacionales, como las grandes televisoras y empresas de internet.

¿Podemos emanciparnos en redes vigiladas?
Canclini planteó que en esta pregunta quería introducir un aspecto que ha estado presente en esta discusión internacional en los dos o tres últimos años, y se refirió a problemas planteados (en esta conferencia) acerca de las limitaciones de las encuestas sobre lectura: qué es lo que pueden medir las encuestas sobre el consumo, no solo sobre la lectura sino sobre cualquier tipo de comportamientos de consumidores o de usuarios de redes.
«Las diferencias que hallamos entre las encuestas sobre lectura en los jóvenes y los resultados de las etnografías, nos hacen dudar de los indicadores puramente numéricos. Se trata de un problema de investigación, pero nos lleva a una cuestión más amplia: ¿qué vuelve necesaria a la Universidad en la vida social, y cuáles son sus aportes al desarrollo del sentido colectivo?
La visión tecnófila del trabajo académico suele ir asociada al neoliberalismo económico, y tiende a convertir la educación superior en un servicio comercial. Existe una correspondencia entre la ilusión de que se puede entender cuantitativamente lo que sucede en la lectura, en los comportamientos económicos o políticos, y la incapacidad de valorar el significado social de la educación, porque solo se la piensa, a la educación, como optimización de la eficacia técnica. De ahí, por ejemplo, que se incentiven las carreras biotecnológicas sin valorar ni debatir los efectos de la robotización sobre el desempleo y la precarización social. Este predominio de los robots y los algoritmos está adquiriendo una relación compleja con procesos sociales y económicos. Los promotores de la economía compartida, alentados por la expansión de Uber y Airbnb, imaginan cómo extender este modelo que ahorra personal y costos, a servicios de limpieza, de diseño gráfico y de abogados. La combinación de software, internet y multitudes, facilitará automatizar en el mundo entero millones de microactividades. El futuro del empleo se anuncia como un sistema híbrido, que incluirá procesos realizados por computadoras con tareas efectuadas por humanos. Una línea seductora de esta reducción de la complejidad social e intercultural, es la que confía en que nuestros diferentes modos de pensar y sentir, de producir, consumir y tomar decisiones, se vayan volviendo uniformables o al menos comparables, al convertirlos en algoritmos. Las variaciones entre culturas y entre sujetos dentro de cada cultura, estarían perdiendo importancia en la medida en que las distintas lógicas sociales se traduzcan en códigos genéticos y electrónicos.»

La biología se fusionará con la historia
Así lo predice Yuval Noah Harari, autor de Homo Deus: Breve historia del mañana, y lo avisa García Canclini. “¿Dudan de que esto ocurrirá? Recuerden que la mayor parte de nuestro planeta ya es propiedad de grandes entidades intersubjetivas no humanas; es decir, naciones y compañías”, dice este historiador. Y continúa: “Surgirán dificultades técnicas y objeciones políticas, que desaceleren la reorganización algorítmica del mundo; por ejemplo, trabajadores que sufran la desaparición de oficios y profesiones. Pero es posible que surjan otros, como el de diseñador de mundos virtuales. Podría seguirse necesitando a humanos, pero no a individuos, entendidos como seres autónomos, emancipados.” «Las personas serían, en esta concepción y según Harari, “colecciones de mecanismos bioquímicos que están constantemente supervisadas y guiadas por una red de algoritmos electrónicos.”»

Canclini comenta que «lo que tiene de verosímil esta utopía en parte realizada, es que relativiza el protagonismo dado en la modernidad a los Estados – nación, y en general, a los sujetos territoriales», y «exige que las investigaciones y políticas den fuerte atención a las entidades anónimas que acceden a nuestras comunicaciones: saben más que nosotros sobre cómo interactuamos a escala local, nacional y global, cómo se distribuye y se oculta la información. Establecen sistemas mundializados de comportamientos, e iniciativas para modificarlos. Generan nuevos modos de soberanía, que experimentamos al usar google, yahoo, waze, y todos sus hermanos, sus grandes hermanos».

Como ejemplo de lo que puede hacer la antropología en este escenario, Canclini anota que «la primera inclinación de los antropólogos probablemente sea buscar diferencias culturales entre sujetos y culturas no captadas por las bases de datos: ¿Qué interacciones presenciales se mantendrían indescifrables para los algoritmos y por lo tanto seguirían necesitando etnografías cualitativas?
Pero además, en este mundo posliberal, en el que —dice Harari— las decisiones individuales se desvanecerán, algunas personas seguirán siendo a la vez indispensables e indescifrables, pero constituirán una élite reducida y privilegiada; una forma más de elitización del saber que no beneficiará mayoritariamente a los jóvenes.
Esta nueva inequidad y su promoción por una derecha que se apropia privilegiadamente de los saberes, es incitante para las ciencias sociales, que no ven su campo solo en la organización técnica de la sociedad, en la ingeniería de lo social, sino en la diferencia y la desigualdad, en las conexiones y también en las desconexiones, que incorporan a su horizonte conjuntamente el papel emancipador de las redes sociales y la fuerza de su sumisión, de la hipervigilancia que las acompaña.»

La utopía posliberal: el dataísmo
Dijo que el entrenamiento como antropólogos «puede habilitar para captar lo que en la nueva racionalidad tecnosocial hay, en palabras de Harari, de 'religión de los datos': la búsqueda, más allá del homo sapiens, de un homo deus. Esta religión emergente, que Harari llama el dataísmo, supone que las distintas culturas son pautas diversas de flujos de datos que pueden analizarse utilizando los mismos conceptos y herramientas. Como los humanos somos incapaces de abarcar flujos tan inmensos de datos, la tarea es encomendada a algoritmos electrónicos. ¿Conserva algún sentido distinguir entre lo público y privado, sistemas democráticos y autoritarios, cuando la mayoría de los votantes no conoce suficiente biología y cibernética para formarse opiniones pertinentes? Tampoco los gobernantes, pendientes de las encuestas y algoritmos, son capaces de resolver o dirigir los conflictos. Quizá estemos en una extraña transferencia de poder. Así como los capitalistas lo asignaban a la mano invisible del mercado, los dataístas creen en la mano invisible del flujo de datos.»

Alguien decide por nosotros
Sobre el final de la disertación, Canclini alertó que «en el proceso de robotización y concentración económica que anula derechos y seguridad social, la precariedad de las nuevas generaciones parece no importarle a las elites que reparten la acumulación y la escasez. Se están tomando decisiones que no son mero efecto de una lógica de mercado, al excluir de los hospitales a quienes no pueden pagar, del acceso a la banda ancha o a internet a quienes no pueden pagarlo, de muchas universidades a los que no garantizan la ambición lucrativa de estas instituciones»

Daniel Bademián

Video de la conferencia ¿Emanciparse en redes vigiladas? La vida social de las comunicaciones

Audio de la conferencia

Néstor García Canclini 
Argentina, 1939. Doctor en Filosofía por las universidades de París y de La Plata. Sus últimos libros son El mundo entero como un lugar extraño, y Hacia una antropología de los lectores. Fue profesor de las universidades de Austin, Duke, Stanford, Barcelona, Buenos Aires y Sao Paulo. Obtuvo la beca Guggenheim, el Premio Ensayo Casa de las Américas en reconocimiento a Las culturas populares en el capitalismo y el Book Award de la Asociación de Estudios Latinoamericanos por el libro Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad. Otros trabajos destacados: Consumidores y ciudadanos; La globalización imaginada; y Diferentes, desiguales y desconectados: mapas de la interculturalidad


Publicado el martes 9 de mayo de 2017

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Rector en Conferencia de García Canclini
Rector en Conferencia de García Canclini
García Canclini en la FIC. Foto: Richard Paiva-UCUR. 08/05/2017
García Canclini en la FIC. Foto: Richard Paiva-UCUR. 08/05/2017
García Canclini en la FIC. Foto: Richard Paiva-UCUR. 08/05/2017
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